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  • Ceci Jurado

Bloqueos Creativos y Auto-Compasión


Vengo a exponer una teoría un tanto "controversial" (por no encontrar una palabra más suave) que vino hace poco en forma de epifanía. Esto no sale de ningún otro tipo de investigación más que la personal, la de observar mis hábitos y examinar de forma cercana mis patrones de comportamiento y pensamiento.

Desde mi llamado "despertar-espiritual-inducido-por-la-pandemia", llevo un tiempo practicando cada vez más la auto-compasión: trato de no torturarme el día que no hago ejercicio, después de todo necesito descanso. Trato de no obsesionarme con haber comido mal, ya que todo es cuestión de balance. Trato de no desesperarme la mañana que no logro meditar o que considero que "lo hice mal", porque sé que estoy aprendiendo. Sin embargo, reconozco que no practico mucho la auto-compasión con mi escritura. Es difícil separarme de un proceso en el que enfrento lo más puro, oscuro, y auténtico de mí. Siempre he pensado que la escritura es como mirarse a los ojos detenidamente frente a un espejo (y lxs ansiosxs podemos dar fe de lo terrible que suena eso).

Este año, yo, la profesora de songwriting de muchxs alumnxs, sufrí un bloqueo creativo severo. Estuve meses torturándome y sintiendo ansiedad por no poder sentarme con mi guitarra a componer como lo hacía antes, o aunque sea escribir un párrafo sobre algún tema banal. Eso que alguna vez fue mi refugio, empezó a hacerme sentir como si vivía a la intemperie. Eso que tanto me gustaba, que tan interiorizado tenía, se convirtió en algo para lo que necesitaba ser "buena" o perfecta. El síndrome del impostor alcanzaba niveles astronómicos. En vez de sentirme protegida por la composición me sentía perseguida por una fobia que desarrollé muy rápidamente: el terror irracional de no poder entregar algo tan bueno como lo anterior o de no tener nuevas ideas. ¿Suena a algo muy familiar en lxs artistas, no?

Luego de meses de sentirme pesada y rígida como una pared de concreto (en vez de como una tela traslúcida que fluye delicadamente según la corriente), empecé a reflexionar. Las reflexiones no fueron necesariamente sobre escritura, sino sobre mí. Bastó una transición que sacudió bastante mi vida para darme cuenta (y me cayó como portazo en la cara): qué poco he practicado la auto-compasión con el regalo más grande que tengo. Qué poca gratitud he ejercido sobre esto que, no es un hobbie ni un hábito nuevo que quiero inculcar, sino que es lo que soy. Esta cualidad con la que vine al mundo la llevo en cada fibra de mí, porque he comprobado miles de veces que nací para poner en palabras lo que otrxs sienten, para cantar con una voz que, si bien no es perfecta, es mía. Me di cuenta que el bloqueo que sufrí fue creciendo como maleza, porque yo lo permití. En vez de trabajar el terreno poco a poco con el amor de quien cuida su propio espacio y hogar, lo abandoné por completo y dejé que fuerzas extrañas lo invadieran. El abandono fue resultado, en gran parte, del bendito juicio.


Bien habla Julia Cameron en "El Camino del Artista" sobre la importancia de quitarnos del medio, de no convertirnos en un estorbo para las ideas que recibimos. La vía más rápida para llegar inequívocamente a un bloqueo creativo es juzgar las ideas antes de que se formen por completo, antes de pulirlas, antes de darles una oportunidad. Eso es exactamente lo que estaba haciendo conmigo misma: tomándome poco tiempo para escribir, juzgando lo poco que escribía, criticándome por días luego del intento. Ojo: he sabido, practicado, y enseñado sobre la teoría de los bloqueos creativos por mucho tiempo, pero como era de esperarse, eso no me eximió de volver a caer, especialmente cuando existía la presión de un álbum de por medio. "Todo debe ser perfecto", "este debe ser el álbum que me cambie la vida", "con estas canciones debo consagrarme como cantautora", "si no lo logro con este álbum, seré un fracaso." ¿Quién hubiese creído que existía un vínculo tan cercano entre los bloqueos y la auto-compasión?

Por si les funciona el consejo, puedo decir que empecé por explorar esas sombras que se me presentaron y por encontrar el origen de tanta autocrítica. En estos tiempos de sobrecarga de información y satisfacciones inmediatas, decidí empezar a volverme más consciente de la manera en que me relaciono con el mundo y conmigo misma. Volví a sumergirme en el placer que es escribir confiando, sin juzgar, dando rienda suelta a versos que llevaba dentro y que nadie más que yo tendrá la suerte de leer, porque tengo la libertad de elegir qué comparto y con quién, y porque sé que cualquier cosa que salga de mí estará a salvo conmigo. Aprendí que la auto-compasión no es selectiva y que el amor propio debe ser radical y esparcirse hacia todos los ámbitos para poder ser. Me recuerdo que mi arte no busca perfección; mi arte es un servicio. Estoy aquí para transmitir las ideas que me visitan, le guste a quien le guste. Sin anticiparlo ni forzarlo, logré terminar mi álbum, satisfecha con la imperfección y autenticidad de mi trabajo.

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