• Ceci Jurado

Si Hubiese Sabido Que a los 30...



Si hubiese sabido que a los 30 iba a poder AL FIN ver algún tipo de horizonte en la incesante e inmemorial guerra contra mi cuerpo, quizás empezaba a hacer algunos cambios antes. Quién sabe, tal vez no los hubiese hecho y no hubiera creído del todo que algún día nos podíamos llevar bien. Tal vez sí hubiese sentido un rayo de esperanza que me acompañe en momentos muy oscuros. Tal vez hubiera gastado menos tiempo y energías comprando ropa “para el día en que me quede” o escogiendo lo que me ponía no según lo que me encantaba, sino según “lo que me hacía notar menos”. Tal vez hubiese ido a todas esas fiestas o reuniones a las que dejé de ir porque no me sentía cómoda. Tal vez comía todo lo que me provocaba comer y no me hubiera restringido innecesariamente, perdiéndome de momentos especiales con mi familia o amigxs.


Lo curioso de esto es que suena a que estoy hablando de mi adolescencia, pero lamentablemente, estos son patrones que empiezan a esa edad y que continuamos perpetuando a través de los 20: esa década maravillosa en que tienes más libertades, en que empiezas a conocer y cuestionar al mundo, en que tu círculo social se expande, en que empiezas a descubrirte y formar una identidad. En mis 20s yo estaba segura que así como me sentía me iba a sentir toda la vida. Pensé que mi identidad estaba tallada en piedra, así como mis creencias y todo lo que podía pensar sobre mí misma y los demás. Pensé que iba a vivir toda mi vida comparándome (consciente o inconscientemente) con otras personas, inspeccionando detalle a detalle todo lo que cambiaría si pudiera. Pensé que viviría restringiéndome, comprando ropa holgada, no tomándome la foto, no asistiendo al evento, desapareciendo cuando era necesario. Lo que más me entristece de esto es que yo ya había hecho las paces con eso, por AÑOS. No fue hasta la pandemia que empecé a buscar respuestas de muchos tipos en muchas prácticas distintas, y que la auto-compasión dejó de ser una virtud bonita para intentar poner en práctica y se convirtió en un botón de emergencia para la convivencia conmigo misma.


Esto no fue de la noche a la mañana, sino un proceso doloroso e incómodo en el que tuve que aprender cómo hacer muchas cosas desde cero. Empezó al final de mis 20s y creo que de muchas formas se está viendo completado ahora que ya tengo 30. De ninguna manera he llegado a una aceptación total de cómo me veo o cómo soy, pero la diferencia es abismal. He llegado a poder reírme cuando salgo mal en una foto. He llegado a abrazarme cuando por cansancio o por pereza no cumplí con el ejercicio. He llegado a comprarme la ropa que me gusta y decir “fuck it” aunque no se me vea como se le ve a la modelo. He llegado a disfrutar de cada bocado de mi comida favorita, porque aprendí que es solo eso: comida. He llegado a querer a mi cuerpo como es, con todas sus particularidades, más seguido que no. He llegado a hacer ejercicio porque quiero a mi cuerpo y no porque lo odio. He llegado a darme el tiempo que necesito para sanar cuando siento que estoy cayendo nuevamente en auto-atacarme por A o B motivo. He llegado a ponerme como mi primera prioridad, sabiendo que lo más importante es sentirme bien. Por alguna extraña razón nos enseñan que amarnos, cuidarnos, y ponernos a nosotrxs mismxs primero es egoísta (y en el peor de los casos, “pecado”) y esto cala en lo más profundo de nuestro ser, privándonos por años de ese amor propio que no solamente afecta cómo nos vemos y sentimos, sino que también se refleja en nuestro amor por los demás. No es egoísta aprender a amarnos a nosotrxs misxms para poder estar bien con los demás.


Si me hubieran dicho que a los 30 vivo mucho más en paz conmigo misma hubiera pensado que se equivocaron de persona. Si me decían que gracias a la meditación, a las afirmaciones, la terapia, el ejercicio, a la tan criticada “auto-ayuda”, y a mi más grande refugio que es escribir pude amarme más y convertirme en alguien que al fin me gusta ser, me hubiese reído cínicamente y burlado de mí misma por “alternativa”. Si me hubieran dicho que a los 30 mi primera reacción a engordarme y a que no me quede la ropa es “tranquila Ceci, poco a poco volverás a tu ritmo y a sentirte normal, lo importante es que estás bien”, creo que hubiese llorado de la incredulidad. Si me decían que a los 30 finalmente puedo ver un post “triggering” en mis redes y solo pasar la página o dejar de seguir la cuenta, me daría el abrazo más grande del mundo y unos chasquidos super “sassy” de reconocimiento.


Escribo este texto porque quiero que sepas que, independiente de la edad, todo mejora. Hay que trabajarlo, sí, y vaya trabajo que es… Pero es posible. Es posible amarte más y dejar de estar en guerra contigo mismx. Es posible agradecerle a cada esquina de tu cuerpo por permitirte hacer todo lo que haces. Es posible no solamente aceptarte por quién eres, sino llegar a disfrutar quien eres (unos días más, otros menos, pero disfrutar). Es posible romper con los patrones que en algún momento pensaste que tenías tatuados en la mente para siempre. Es posible perdonarte por todos esos años en que no te permitiste tantas cosas y empezar a mirar hacia adelante. Puedes cambiar de rumbo y aplicar el “Borrón y Cuenta Nueva” cuando tú quieras. Nada ni nadie te impide volver a empezar. Después de todo, para eso estamos aquí.

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